La circulación de información por la red a velocidades inimaginables, la comunicación en tiempo real con personas de otras latitudes, los avances seguidos unos de otros sin espera y la creciente importancia de la red en la vida de las personas conlleva a la creencia de que la internet es el único medio de comunicación legítimo y más aún, de que es suficiente saber navegar para tener acceso al conocimiento.
Afortunadamente no es tan fácil como suponemos. Hacer click en un hipervínculo o pertenecer a una red de amigos no es condición suficiente para hacer uso inteligente de las posibilidades de la web 2.0. Es necesario más que eso: saber preguntar.
La pregunta no es sólo la llave mágica en la red; ha sido la mayor piedra preciosa de toda la humanidad; la causante de los más grandes avances de la historia. Preguntar y asombrarse son bienes incalculables, motores del pensamiento y la inteligencia.
Vislumbramos entonces una necesidad poco reprochable. La escuela también debe motivar la pregunta, no necesariamente enseñarla. Enseñarla supondría dar reglas a seguir, presentar un recetario y normas prefabricadas; motivarla lleva implícito el gusto y el interés.
Es preciso preguntarnos, no necesariamente persiguiendo una respuesta sino nuevas preguntas que nos ayuden a explorar nuestro mundo y a captar los secretos que aloja.
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